De sobremesa
De sobremesa Salí a la antecámara, busqué el ramo y entrando en puntas de pies fui a arrodillarme junto al sillón donde lloraba, como la serpiente se arrastró al pie de Eva inocente al ofrecerle la poma. Los sollozos y las lágrimas seguían, y yo guardaba silencio.
—¡Nelly! —le dije cuando comenzó a calmarse, circuyéndole el talle fino con un brazo, acariciándole la frente con las flores del ramo, y cantándole una cancioncilla monótona con que las nodrizas en Florida arrullan a los chiquillos para que se duerman—. No llore, Nelly; las flores la están besando para contentarla; los diamantes la quieren ver, Nelly linda y fresca como las flores; Nelly radiosa y fría como los diamantes que valen menos que esas lágrimas.
Vencida por aquellos mimos y sorprendida al oírlos, apartó el pañuelo y hundió los ojos en los purpúreos cálices de las gloxinias y en las blancas hojas de las gardenias, donde temblaban los diamantes como gotas de luz.