De sobremesa

De sobremesa

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—No, no —dijo sonriéndose, con una sonrisa que le alumbraba los ojos húmedos como un rayo de sol un paisaje de primavera recién mojado por la lluvia—. No, no; si usted no acepta mi propuesta, no me hable más; eso vale una suma loca. Mi padre, que es millonario y que me adora, nunca me los habría regalado. No, lléveselos usted y regáleme las flores. ¡Están lindas!, dijo, respirando el ramo. Guarde usted eso, recogiendo el hilo de platino, animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja, azul de las pedrerías radiosas que se irisaban a la luz de las bujías y de la lámpara. Fernández: ¿por qué me quiere usted regalar eso?

Hablábamos, ella con la cabeza adorable, cuyos oscuros rizos me acariciaban la frente, doblada sobre la mía, que casi se apoyaba en sus rodillas, hincado como estaba a sus pies, respirando su aroma de flor y circuyéndola con los brazos.

—Porque los poetas andan por el mundo sólo para realizar los antojos de las diosas como usted —le respondí cubriendo de besos una de las manos suaves y frías, conque hacía esfuerzos para alejarme de ella—. Nelly: esos diamantes van a hacer que usted se acuerde de mí al verlos más tarde; no me niegue usted la delicia de pensar que voy a vivir en su memoria en sus noches de triunfo.


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