De sobremesa
De sobremesa Y mis labios, recorriendo los ramales azulosos de las venas, que se transparentaban bajo el fino cutis de la muñeca delgada, subían por el brazo torneado y blanco, desnudo hasta el codo de la negra manga de opaca seda ornamentada de azabaches.
—¿Y por qué quiere que yo me acuerde de usted por los diamantes? Me acordaré de usted porque sé sus versos deliciosos y porque lo he visto así arrodillado a mis pies, queriendo realizar un antojo mío a costa de una suma enorme y diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca… ¡Qué cosas las que usted me dice! Cómo se ve que usted es poeta, un gran poeta, añadió con tono convencido. ¿Quiere usted oír sus versos, dichos por mí en mi lengua? Es menos hermosa que la suya. Los sé de memoria. Oiga usted…
Y recitó con su voz de oro las estrofas del canto a Venus, que dicen las glorias de la Afrodita al nacer de las olas marinas.
—Ahora va usted a decírmelos en su idioma; no lo entiendo, pero suena como una música. How noble, how musical —decía poniendo la orejilla sonrosada cerca a mi boca, que le recitaba paso, muy paso, mis mejores endecasílabos.