De sobremesa
De sobremesa Hablábamos así, perdidos en la delicia de saborear la esencia de los versos y de sentirnos cerca, sin que ella, la orgullosa de unos minutos antes, ni yo, el respetuoso admirador que le había jurado que se iría sin besarle las puntas de los dedos, nos diéramos cuenta del vértigo que se estaba apoderando de ambos. Sin saber cómo, estaba sentado en el sillón y la tenía sentada en las rodillas. Uno de los piececitos colgaba sobre la alfombra. El encaje de seda negra de la media transparentaba la blancura del pie angosto y largo y de la pantorrilla de túrgida curva, descubierta por la falda negra donde lucía el brillo mate de los azabaches. Le estaba besando la nuca, llena de vello dorado, y sentía estremecerse bajo mis labios todos sus nervios. La manecita fija que agarraba la mía hundía crispada en mi carne las uñas sonrosadas y puntiagudas. En el silencio sólo oíamos las palpitaciones de nuestras arterias.
—Más versos, más paso… —me dijo con expresión acariciadora, acercando a mi mejilla ardiente la suya fría y aterciopelada y embriagándome con su olor a pan fresco y a claveles húmedos.