De sobremesa

De sobremesa

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Le dije las estrofas que pintan los grupos de palomas blancas sobre el altar de Cypris, envueltas por el humo aromático del sacrificio y aleteando entre las rosas, y se las dije en su lengua, mientras que le envolvía la muñeca en el collar que le circuyó el brazo pálido, como una serpiente de luz, y comenzó a irradiar con el brillo de sus centenares de facetas.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó de repente, paseándome suavemente la mano blanca por los cabellos y por la barba—. ¿Veintiséis? Yo, dieciocho; él tiene cuarenta y dos… ¿Con quién vives?… ¿Solo?… ¿Ni padre, ni madre, ni mujer, ni hijos? ¿Nada? ¿Solo en ese hotel?… El otro día me detuve a ver la fachada. Es antigua, ¿cierto?… Y majestuoso, majestic. ¿Y vives solo ahí?… Vives como un príncipe. ¿Y no te da tristeza estar solo?… ¿Y qué haces?… Cómo gozarás de la vida, ¿no?

—No. Adoro la belleza y la fuerza y escribo versos de ésos que sabes —le digo con tono triste y mintiéndole para acabar de fascinarla.

—¿Y recibes mujeres? —me preguntó, riéndose con una picardía deliciosa.

—No, porque no las encuentro tan bellas como Nelly —le respondí envolviéndola en una mirada de deseo loco. Hacía ocho meses que no daba un beso ni recibía una caricia.


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