De sobremesa
De sobremesa —¡Es imposible! ¡Es irreal!, it is irreal… Júrame que eso es cierto —dijo con voz ahogada y hablándome al oÃdo.
—Te lo juro. Yo quiero lo perfecto y no lo encuentro. Lo demás me causa asco. Y cuando hallo una mujer de quien me enamoro en una hora con todas mis fuerzas y a quien le suplico que conserve unas pobres piedras para que se acuerde de mÃ, una a cuyos pies pasarÃa la vida arrodillado y por cuyos besos darÃa mi alma, ella rehúsa mi amor y me tira a la cara el regalo conque sueño hacerla feliz un minuto.
—No —dijo—, suéltame y espera… Y se levantó para dejar la salita.
—¿Te vas, Nelly?
—Pero vuelvo en este momento —respondió levantando el portier, que cayó tras de ella.
¡Será tuya, será tuya! Me gritaba por dentro la voz de los llaneros. ¡Será tuya!
—¿Te gusto asÃ? —me preguntó volviendo a sentarse en mis rodillas en el ángulo del cuarto donde habÃa más sombra y extendÃa sus blandos cojines un diván turco, amplio como un lecho nupcial—. No me lo he estrenado todavÃa. MÃralo.