De sobremesa

De sobremesa

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El corpiño de terciopelo negro de un traje de baile, sujeto en los hombros por dos lazos, sobre uno de los cuales lucía el ramo de gloxinias y de gardenias, dejaba ver las blancuras túrgidas del seno, que ondulaba con rítmico movimiento bajo el hilo de platino animado de luminosa vida, por la palpitación blanca, roja y azul de las pedrerías que se irisaban en la media luz de crepúsculos. ¿Te gusto así?, preguntó, inclinándose para ver los diamantes y dejándome hundir la mirada en los tesoros que ocultaba mal el terciopelo del corpiño.

—¡Si nos hubiéramos encontrado antes! Me voy mañana para Nueva York, Fernández, mi poeta —comenzó, reclinando la cabeza en mi hombro y envolviéndome el cuello con los brazos desnudos y fragantes—. ¡Si nos hubiéramos encontrado hace un mes! Tal vez me habrías amado… Qué felices seríamos, ¿cierto?

—No seríamos más felices que ahora, Nelly, porque te amo con toda mi alma. Pero no te irás mañana; te quedarás aquí y yo viviré de rodillas, adivinándote los pensamientos.

—Me voy mañana por la mañana; tengo todo listo, cerrados los baúles, tomado el pasaje… Esta tarde puse un cablegrama avisándolo. Mi padre me espera por minutos. Pediré el divorcio al llegar y viviré tranquila.


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