De sobremesa
De sobremesa ¡Ah!, sí, eso fue entonces. En nuestra época mediocre y ruin no queda camino abierto para las almas del temple de las vuestras, que siente lo que sentisteis. Lo sublime ha huido de la Tierra. La fe ciega que en su regazo de sombra les ofrecía una almohada dónde descansar las cabezas a los cansados de la vida, ha desaparecido del universo. El ojo humano al aplicarlo al lente del microscopio que investiga lo infinitesimal y al lente del enorme telescopio que, vuelto hacia la altura, le revela el cielo, ha encontrado, arriba y abajo, en el átomo y en la inconmensurable nebulosa, una sola materia, sujeta a las mismas leyes que nada tienen que ver con la suerte de los humanos. Sutiles exegetas y concienzudos comentadores estudiaron los viejos textos sagrados y los analizaron descubriendo en ellos no las palabras, que son el camino, la verdad y la vida, sino las sabias prescripciones de los civilizadores de las naciones primitivas y la leyenda forjada por un pueblo de poetas. El cadáver del Redentor de los hombres yace en el sepulcro de la incredulidad, sobre cuya piedra el alma humana llora como lloró la Magdalena sobre el otro sepulcro.
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…». La oración que la santa de las guedejas de plata me enseñó de rodillas cuando apenas podía balbucirla, viene a mis labios de hombre y no la puedo rezar. ¡Tú estás vacío, oh, cielo, hacia dónde suben las oraciones y los sacrificios!