De sobremesa

De sobremesa

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—Admirable —le dije—. De mil amores; me tienes allá dentro de media hora a lo sumo. —Y salió hecho unas pascuas, retorciéndose los bigotes y sintiéndose un Maquiavelo.

—¿Qué primor me trae usted ahí? —me preguntó la dejativa y lánguida criatura, cuando después de salir el otro, nos quedamos solos en el cuartico donde recibe a sus íntimos—. ¿Alguna de esas cosas que sólo usted encuentra? —dijo para disimular la turbación en que estaba al sentirse sola conmigo después del beso delicioso cambiado en el fondo del invernáculo desierto donde me la llevé por unos segundos la noche del baile, y de los juramentos de amor con que lo acompañé.

—¿Qué primor me trae, José?… ¿Flores? ¡Dios mío, flores rosadas de las de Guaimis…! ¡Las mismas! —dijo, toda trémula, como acariciando con los ojos el ramo de orquídeas que se había puesto en las rodillas, y que acababa yo de formar en el invernadero al salir de la casa—. ¡Dios mío!, ¿y dónde consigue usted flores de nuestra tierra en París, José?




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