De sobremesa
De sobremesa Con otras armas cayó la otra, la rubia baronesa alemana, que tiene la carnadura dorada de las Venus del Ticiano y está exenta de todo prejuicio, según dice ella, la lectora de Hauptman y de German Bahr. Con ésa afecté frialdad absoluta la noche del baile y me limité a hablarle en alemán y referirle con sencillez el duelo con su pariente el Secretario de Embajada, y a hacerla confidente de mi desprecio por los hombres. Creyéndome de mármol, mientras paseábamos juntos por las salas, emprendió una conversación destinada probablemente a cerciorarse de mis escasas facultades amatorias y a escandalizarme con el desprecio profundo que manifestaba por todas las conveniencias sociales y todas las ideas corrientes sobre moral. La dejé hablar largamente. La oía como si no la entendiera, sin contestarle más que lo necesario, para que siguiera hablando, y clavándole los ojos en el seno de Juno, medio desnudo de un corpiño de terciopelo verde oscuro, sobre el cual esplendían magníficos diamantes, y en los labios rojos como una fresa madura. Clavaba ella los ojos en mí, como buscando el efecto de sus frases audaces y de su belleza majestuosa, y se sonreía con una sonrisa de desafío al verme palidecer por instantes, al crecer dentro de mí la tentación que me estaba crispando los nervios.