De sobremesa
De sobremesa —Todas ésas son teorÃas, señora; teorÃas y nada más. Usted en la práctica es una puritana rÃgida y respeta hasta los más estúpidos lazos con que nos sujeta la sociedad. Si usted viviera de verás, más allá del bien y del mal, como dice Nietzsche, serÃa otra cosa; pero no es asÃ. Si yo le diera a usted un beso ahora —dije, haciéndola sentarse en un saloncito donde no habÃa nadie—, usted harÃa que su marido me mandara un par de testigos; y si la invitara a comer sola conmigo mañana, a las siete de la noche, no volverÃa a contestarme el saludo.
—Haga usted el ensayo —me respondió, llevando su audacia y mi excitación al paroxismo y valiéndose de una frase que lo envolvÃa todo.
La besé frenéticamente, y acudió a la cita al dÃa siguiente por la tarde.
—Lo que me ha fascinado en usted —decÃa al salir de casa—, es su desprecio por la moral corriente. Los dos nacimos para entendernos. Usted es el sobrehombre, el Ubermensch con que yo soñaba.