De sobremesa
De sobremesa Con la Musellaro fue otra historia. So pretexto de amor al arte pagano y de mi entusiasmo por los poetas modernos de Italia, habíamos tenido en los últimos tiempos conversaciones indeciblemente libertinas. La iba a ver desde tres meses antes, los martes por la noche, en que recibe en su casa la flor y nata de los condes y marqueses arruinados y de los pintores y músicos de la Colonia. Me había recitado los más ardientes poemas en que D’Annunzio canta las glorias de la carne, con voz ligeramente ronca y velada, medio cerrados los oscuros ojos que, con la mate blancura de la piel, lo puro del perfil y lo espeso de la cabellera negra, hacen soñar con una romana de los tiempos del Imperio; me había oído decirle cosas sin nombre, sin ruborizarse. Sus formas esculturales y sus ademanes de reina atraían las miradas masculinas la noche del baile. Por haber venido varias veces a casa, con el marido, a ver mis colecciones de medallas, de camafeos y de piedras grabadas, se sentía como en la suya y hacía los honores. Esa noche emanaba de ella un tibio olor de Chypre, que, confundido con el de su cuerpo, la envolvía, al bailar, como en una atmósfera espesa de voluptuosidad. En los brazos redondos y de ideal blancura, sobre el descote cortado en cuadro y sobre los negros cabellos ondeados y brillantes, ardían los rubíes sangrientos, que tenían el mismo matiz de la opaca seda del traje, bordado de argentadas pasamanerías que llevaba puesto.