De sobremesa

De sobremesa

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—Julia —le dije llevándola hacia el rincón donde una copia de la Venus de Milo destaca sus blancuras de mármol sobre la pesada cortina del fondo—, esta noche la belleza de usted embriaga, como embriagaría un vino de Falerno, bebido en copa de oro. Si usted pudiera verse con unos ojos de hombre, se enamoraría de usted misma. Sueña uno al verla a usted con no vivir en este siglo dejativo y triste, en que hasta el placer se mide y se tasa, sino en la época de los Borgias, provoca verla presidiendo una orgía de príncipes, en que el sabor de los besos se mezclara con el del veneno.

—Usted sueña en eso porque tiene músculos de jayán y nervios de artista del Renacimiento; a todos estos parisienses les parezco vulgar, de fijo; para ellos la distinción consiste en ser flaca y pálida. Los dos deberíamos ser más íntimos, porque nos parecemos mucho; ambos somos paganos —me dijo, quemándome con sus miradas de fuego y mareándome con su olor perverso y sugestivo.

—Esa intimidad depende de usted. Si usted viniera a verme el jueves por la mañana, nos sentiríamos paganos hasta las médulas de los huesos; le leería unos versos y le mostraría unas aguafuertes de Felicien Rops, que usted no conoce, porque son dignas del Museo Secreto de Nápoles…


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