De sobremesa
De sobremesa —Si estoy loca por verlas —me dijo, con la cara iluminada por la alegrÃa y estrechándome el brazo contra el seno de diosa—. Vendré a las ocho. Musellaro no se levanta nunca antes de las doce.
Y un beso selló el tácito pacto que contenÃan aquellas frases; un beso dado detrás de la cortina, a que le volvÃan las espaldas los concurrentes, empeñados en ver a Sarasate, que se levantaba para comenzar a tocar el violÃn, al que le arrancaba misteriosos quejidos.
¿Donjuanismo? ¿Seducción?… Respecto de Consuelo, tal vez, en quien toqué las más ocultas fibras del sentimiento al recordarle nuestros infantiles y dulcÃsimos amores; no con las otras dos, viciosas, coleccionadoras de sensaciones, aleccionadas por quién sabe qué predecesores mÃos, corrompidas por el arte y la literatura y empeñadas cada una de ellas en ver en mà el personaje que les han mostrado como ideal los librejos ponzoñosos que han leÃdo sin entenderlos. ¿Seducción? No; si nadie seduce a nadie. Si es la idea del placer la que nos seduce… Tan ardiente era el deseo en ellas como en mÃ; dentro de unos años no recordarán la aventura, y si la recuerdan, les parecerá a ambas tan inocente como me parece a mà ahora.