De sobremesa
De sobremesa Asà se han ido tres meses casi, en diálogos de ésos, en siestas dormidas en las dos hamacas, que hice colocar entre las palmas del invernáculo, en paseos de que volvÃamos con los ojos llenos del color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear una bandola que tenÃa yo en mi escritorio como adorno y hacer sonar en el aire de ParÃs las dejativas canciones de la tierra donde nacimos… Le he ofrecido ir a San Sebastián y a Biarritz, para donde se la llevó Paco a ver toros.
—Oye: allá oiremos siquiera hablar español y no me llamarán Madame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
—¡Me la has curado, Pepillo! MÃrala cómo está de rosada y de gorda… Han sido los paseos contigo. No sé cómo agradecértelo. Si vieras el bueno humor que tiene ahora. Antes vivÃa suspirando. Ven a San Sebastián y allá completarás la obra. ¿Te esperamos precisamente? Instale tú, Consuelo —le decÃa el marido esta mañana, al dejarlos en la estación, donde cruzamos la última mirada, y le estreché la mano, que no volveré a sentir en las mÃas por mucho tiempo, porque, cansado de besos, de mimos, de enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas a Nueva York a ver si los negocios a la americana y el hard work me curan del mal de vivir y del asco de la vida, que estoy sintiendo.