De sobremesa

De sobremesa

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—Pero si tú sabes que nunca como carne. Dame café negro; eso sí, y una copita de marrasquino —continuó tendiéndome la taza de Sevres y la frágil copa en forma de lirio—. Dime: ¿a que tú no has pensado en esto?, ¿qué tienen aquí que sea tan bueno como lo que tenemos nosotros allá? Mira el café, el chocolate, las piñas, la vainilla, las esmeraldas, el oro, todo eso, que es lo mejor, viene de nuestra tierra. ¿Te acuerdas de las piñas del Guaimis?… Se las manda coger uno a los negros, y se las traen por montones… ¡Aquí sólo las comen los millonarios, los príncipes!… ¿De qué te ríes? —me preguntó, seria, al ver la sonrisa que no pude contener al oírla…

—De pensar que a las mujeres que nacen allá no las consiguen ni los príncipes —le dije, aludiendo a la carcajada que le soltó al de Pontavento la noche del baile en que quiso besarle una mano.

—No, ésas son para los que las conocen desde que nacieron y las consienten como tú a mí. Éstas de aquí serán más lindas y más elegantes —dijo—; pero no saben querer. Aquí nadie quiere a nadie. ¿Sabes tú lo que a mí me parecen las parisienses? Muñecas vivas —añadió, soltando una carcajada—. ¿Tú crees que alguna de ésas es capaz de querer como queremos nosotras?…


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