De sobremesa
De sobremesa Resucitó con mi amor. Dio en no querer que saliéramos y se pasaba los días envuelta en la rosada bata de seda floja, viendo dibujos a la sanguínea, aguafuertes, grabados en acero y acuarelas de los que guardan mis cartones; examinando los camafeos uno por uno. Mira esta pintura, me decía, mostrándomela y paseando por las salas desiertas sus miradas curiosas y la languidez dejativa y rítmica de su cuerpo delicioso, que ondula como las palmas de nuestra tierra, al soplo del viento del mar. ¿Hacerla comer algo que la alimentara?… No; golosinas y frutas, pastelillos rellenos de confituras, confites, caramelos y almendras de la casa Boissier y albérchigos y uvas moscateles, que destrozaba con sus dientes de azulosa blancura.
—Te vas a morir de anemia, Consuelo —le dije una mañana, en que, sentados ambos en el comedor, no quería probar un ala de pollo que le ofrecía, suplicándole.