De sobremesa
De sobremesa —¿Qué tienes? —preguntó, asustado.
—El vértigo… —alcancé a contestarle.
—Quédate quieto; deja que te pase; yo te tengo para que no te caigas —dijo y me sostuvo con todo su cuerpo—. Suelta la verja; eso es, apóyate en mÃ. Quédate quieto…
—Ya pasó —le dije al sentir que disminuÃa gradualmente la angustia, y levanté la cabeza. Al hacerlo, leà la inscripción negra sobre el mármol blanco, que encierra la verja; di otro grito, que sonó en todo el cementerio, y caà desplomado.
De ahà hasta el despertar en la alcoba, con la cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en los mÃos, no tengo recuerdo ninguno.
Hace doce dÃas hice mi primera salida para ir al cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir de flores la losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de su muerte. Es la última hora del año, en que agonicé de angustia frente al reloj de mármol negro, viendo juntarse los punteros de oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de alabastro, tras de la cual creà sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido. La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene frente a la puerta del hotel.
Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas flores que pondré sobre su tumba.