De sobremesa
De sobremesa ¿Su tumba? ¿Muerta tú?… ¿Convertida tú en carne que se pudre y que devorarán los gusanos?… ¿Convertida tú en un esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás viva y vivirás siempre, Helena, para realzar el mÃstico delirio de las abuelas agonizantes, arrojando en el alma de los poetas ateos, entenebrecida por las orgÃas de la carne, el pálido ramo de rosas y para hacer la señal que salva, con los dedos largos de tus manos alabastrinas.
¿Muerta tú?… ¡Jamás! Tú vas por el mundo con la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida faz, cuya mortal palidez exangüe alumbran las pupilas azules y enmarca la indómita cabellera que te cae en oscuros rizos sobre los hombros.
¿Muerta tú, Helena?… No, tú no puedes morir. Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espÃritu; pero eres un sueño más real que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman asà es sólo una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el libro, empastado en marroquà negro, y ajustándole la cerradura de oro con la mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.