De sobremesa
De sobremesa »Murió como una santa, como había vivido. A la estancia mortuoria sólo entramos don Francisco Cordovez, el doctor Alvarez, el Arzobispo y yo. El Prelado estuvo largo tiempo arrodillado cerca del féretro. Para mí la velada mortuoria fue una impresión mística superior a todas las que he sentido en mi vida. Estaba segura de que aquel cadáver era el de una santa de la raza de las Mónicas, y que su alma había recibido ya el premio de la existencia sin mancha. La expresión del cadáver, de la cabeza fina con las facciones como depuradas por la muerte, enmarcada por la blancura de las canas que parecían de nieve a la luz de los cirios, era de una serenidad infinita. Desde el fondo de los cuadros de Vázquez que adornan la alcoba, los santos sus amigos parecían contemplarla, sacando la cabeza del lienzo y saliéndose de entre el oro desteñido de los antiguos marcos españoles. Esa noche pasada al lado de la santa muerta me dará valor para sufrir todos los males de la vida con la esperanza de morir así.
»El cadáver ocupa la bóveda central en el monumento de la familia, cerca a tu padre. La casa está cerrada y en su alcoba, a tu vuelta, si algún día vuelves, encontrarás todavía el olor de los cirios mortuorios, pues la llave no saldrá de mis manos mientras viva.