De sobremesa
De sobremesa »Tu pena es la mía. Te acompaño con todo mi corazón y a Dios y a la Santa que hoy vela por ti en el cielo les pido por tu felicidad con todo el fervor de mi cariño por ti. Emilia…».
¡Mi felicidad… Dios mío! Qué fácil que las líneas anteriores las leyera en una prisión, detenido por haber asesinado a una de las hetairas de más renombre de la Babilonia moderna… ¡Ah!, ¡la impresión que me ha causado la lectura de esa carta el mismo día en que debí cometer un crimen, en que lo cometí casi! La santa muerta, allá en la alcoba tendida de antiguo damasco oscuro y yo el mismo día en que supe su muerte, huyendo como un asesino, ¡después de haber querido matar a una mujer indefensa!
La vi por primera vez, oyendo la música sobrehumana de las Walkirias, en un palco de la Opera. Había llegado de Viena la víspera. El fondo carmesí de la pared del palco realzaba la pureza de su perfil de Diana Cazadora como un estuche de raso rojo el oriente de una perla sin tacha; entre los cabellos de un rubio pálido, en los lóbulos de las orejas diminutas, alrededor de las muñecas redondas y finas y sobre el corpiño bajo de gasa verde pálida que dejaba medio desnudo el seno, brillaban, ardían, las diáfanas esmeraldas de mi tierra, las luminosas esmeraldas de Muzo.