De sobremesa

De sobremesa

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Al visitarla la primera vez comprendí claramente que ninguna noción estética había determinado la escogencia de todo eso; que lo tenía porque le había gustado como a otras les gustan la felpa rosada, las terracotas de a seis francos, las oleografías y las flores de trapo, y cuando por exigencia suya comí en su departamento, lo suculento de las viandas, lo inédito de las salsas y lo añejo de los vinos me hizo ver que poseía aquellos primores de la industria artística, solamente porque necesitaba como cosa corriente y a cualquier precio sensaciones profundas y finas. ¿Pero de dónde diablos había sacado aquella aristocracia de los nervios, más rara quizás que las de la sangre y la inteligencia, ella la hija de un zapatero mugriento?… Enigma insoluble… El té que bebía en frágiles tazas chinas, dignas de una vitrina de museo, era té de caravana comprado a precio absurdo y sostenía ingenuamente que era el menos malo que había encontrado en París; tomaba el único café libre de toda sofisticación que he bebido en Europa; vivía quejándose de la mesa y al proponerle que fuéramos a comer en algunos de los restaurantes afamados, hacía una mueca de asco, como si en todos ellos juntos no se pudiera encontrar un beef steak devorable; cultivaba con pasión la manía de los encajes antiguos y los amontonaba sin usarlos en el enorme armario de maderas olorosas, perfumado por Guerlain con aromáticas yerbas, en donde amontonadas en pilas simétricas y enormes, deslumbraban el ojo las blancas batistas de sus ropas íntimas, y lo acariciaban los pálidos matices de las camisas de dormir, frágiles como telarañas, de las enaguas bordadas como pañuelos de baile y de los calzones de seda olorosos a iris de Florencia y franjiponia.


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