De sobremesa
De sobremesa —¡Bonita sobremesa! Hace media hora que estamos callados como tres muertos. Esta medialuz que te gusta a ti, Fernández, ayuda al silencio, y es un narcótico —prorrumpió Juan Rovira, escogiendo un cigarro en la caja de habanos abierta sobre la mesa, al pie del frasco de aguardiente de Dantzing—. Bonita sobremesa para una comilona rociada con ese borgoña. ¡Si ya me sentÃa con principios de congestión! —y comenzó a pasearse a grandes pasos por el cuarto, con la mano derecha metida en el bolsillo del chaleco, y arrancándole al puro las primeras bocanadas de humo.
—¿Qué quieres? Esto lo llaman los poetas el silencio de la intimidad; también es que Oscar nos ha contagiado; le comieron la lengua los ratones del hospital… No has atravesado tres palabras desde que entraste. Tienes sueño —dijo dirigiéndose a Sáenz, que se incorporó al oÃrlo.
