De sobremesa

De sobremesa

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—Soy una bestia… Nadie te quiere como yo. Me encanto al oír a los inteligentes recitar tus versos y llamarte gran poeta; de repente se me antoja oírte leer algo como esta noche; pongo toda la atención que Dios me dio, y mi palabra de honor que me quedo a oscuras de la mayor parte de lo que oigo… ¡Qué tiene que ver todo eso que nos has leído, con el nombre de la quinta, con el cuadro de la galería ni con la marca de los libros empastados en cuero blanco!… Soy una bestia… Mañana te mandaré las parásitas que llegaron hoy del cafetal.

—¿Las odontoglosum? —preguntó Fernández, usando el nombre técnico de la planta por hábito adquirido al hablar de botánica con el inglés que cuida el invernáculo.

—No entiendo eso, las que querías, mandaron un mundo… Mañana las tendrás. —Y después de apretar las manos de los amigos, en la suya grande, dura y tostada, salió refunfuñando entre dientes—. Decididamente no entiendo nada de eso, ¡soy una bestia!

—¡José, sigue! —dijo Cordovez con impaciencia al ver caer la portiere roja sobre las espaldas del gigante.

Y Fernández leyó así a la luz de la lámpara:


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