De sobremesa
De sobremesa —Y entonces qué te detuvo, di, ¿qué te detuvo para hacer eso que habrÃas podido hacer y que era grande, enorme? —preguntó Cordovez con su entusiasmo de siempre.
—Los pasteles trufados de hÃgado de ganso, el champaña seco, los tintos tibios, las mujeres ojiverdes, las japonerÃas y la chifladura literaria —contestó Oscar Sáenz con displicencia, desde su sillón perdido en la sombra.
—Eres más psicólogo que fisiólogo —respondió Fernández.
—Y tú eres un chiflado porque habiendo concebido eso hace ocho años, nos lo estás leyendo aquà ahora, en vez de haberlo realizado de parte a parte…
El té servido por Francisco, el criado viejo que acompañó al poeta desde que lo vio nacer, interrumpió la lectura por unos instantes.
—¡Tres tazas de té has bebido, tres tazas! —le gritó Sáenz a Fernández, sin poderse contener al verlo llenar por tercera vez la frágil tacita de porcelana y agitar el aromático licor con la cucharilla.
—¡Fernández, sigue! —dijeron en coro Cordovez, Sáenz y Pérez, mientras que Juan Rovira se levantaba para despedirse diciendo…