La riqueza de las naciones

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En un huerto de lúpulo, de frutas, de verduras, tanto la renta del propietario como el beneficio del granjero exceden generalmente los de un campo de cereal o pasto. Pero la preparación de la tierra requiere más gasto; de ahí la renta mayor para el dueño. También se requiere una administración más cuidada y diestra; de ahí el beneficio mayor para el granjero. Además, la cosecha, al menos en las plantaciones de lúpulos y frutales, es más precaria; su precio, en consecuencia, además de compensar por las pérdidas ocasionales, debe cubrir algo similar al beneficio del seguro. Las condiciones de vida de los hortelanos, generalmente pobres y siempre modestas, sirven para demostrar que su mayor ingenio no es habitualmente retribuido en exceso. Son tantas las personas ricas que practican su arte tan gratificante sólo como diversión que muy poca ventaja recogen los que lo practican por un beneficio, debido a que quienes deberían ser naturalmente sus mejores clientes se autoabastecen de sus productos más preciados. El provecho que el terrateniente deriva de las mejoras no es nunca tan amplio como el que fue suficiente para compensar el coste original de llevarlas a cabo. En la agricultura antigua, se suponía que después del viñedo, la sección de la granja que generaba la producción más valiosa era un huerto de verduras bien regado. Pero Demócrito, que escribió sobre agricultura hace dos mil años, y que era considerado por los antiguos como uno de los padres de esa actividad, creía que los que cercaban las huertas no actuaban sabiamente. El beneficio, decía, no compensaría el coste de un muro de piedra; y los ladrillos (supongo que se refería a los ladrillos cocidos al sol) se desmoronaban bajo la lluvia y las tormentas de invierno, y exigían continuas reparaciones. Columela, que refiere estas opiniones de Demócrito, no las refuta sino que propone un método muy frugal de cercado mediante un seto de zarzas y espinos que, asegura, ha probado por experiencia que es un vallado duradero e impenetrable; aunque, al parecer, no era muy conocido en los tiempos de Demócrito. Paladio secunda la opinión de Columela, que antes había sido respaldada por Varrón. En opinión de estos antiguos innovadores, el producto de una huerta de verduras había sido apenas suficiente para pagar las labores extra y el coste del riego; porque en esos países tan próximos al sol se pensaba entonces, como ahora, que era necesario disponer de una corriente de agua que fluyera por todas las tablas de la huerta. En la actualidad, en la mayor parte de Europa se considera que una huerta no necesita un cercado mejor al recomendado por Columela. En Gran Bretaña y algunas otras naciones nórdicas las frutas más finas no pueden ser cultivadas sino al abrigo de un muro. Su precio en dichos países, por lo tanto, debe ser suficiente para pagar el gasto de construir y mantener ese elemento esencial. A menudo el cerco de los frutales rodea al de las verduras, que disfruta así de un vallado que su propia producción sería con frecuencia incapaz de sufragar.


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