La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones El pródigo la desvía de esa manera. Al no limitar su gasto a su ingreso, liquida su capital. Igual que quien pervierte los ingresos de una fundación religiosa y los gasta en objetivos profanos, él paga los salarios de la ociosidad con los fondos que la frugalidad de sus antepasados había, por así decirlo, consagrado al sostén de la laboriosidad. Al reducir los fondos dedicados al empleo de trabajo productivo, necesariamente disminuye, en lo que de él dependa, la cantidad de ese trabajo que añade valor al objeto al que se incorpora y, en consecuencia, el valor del producto anual de la tierra y el trabajo de todo el país, la riqueza e ingreso reales de sus habitantes. Si la prodigalidad de unos no fuese compensada por la frugalidad de otros, la conducta de cada pródigo, al alimentar al perezoso con el pan del trabajador, no sólo tiende a empobrecerlo a él sino también a su país.
Aunque el gasto del derrochador se concentrase en mercancías nacionales y no comprase ninguna extranjera, sus efectos sobre los fondos productivos de la sociedad serían los mismos. Cada año seguiría habiendo una cierta cantidad de alimentos y vestidos que deberían haber sostenido a trabajadores productivos y que sería empleada en sostener a trabajadores improductivos. Cada año, entonces, el valor del producto anual de la tierra y el trabajo del país seguiría siendo algo menos de lo que podría haber sido en otra circunstancia.