La riqueza de las naciones

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Los impuestos que debían soportar eran tan irregulares y opresivos como las prestaciones. Los antiguos señores, aunque siempre eran muy reacios a brindar a su soberano ninguna ayuda pecuniaria, le permitían de buen grado que cobrase impuestos a sus granjeros, y no supieron ver en qué grado esto iba a afectar en última instancia a sus propios ingresos. La taille, que todavía existe en Francia, es un ejemplo de esos antiguos tributos. Es un gravamen sobre los beneficios supuestos del granjero, que allí estiman según el capital que haya invertido en la granja. Por lo tanto, su interés estará en tener el mínimo posible y emplear así el mínimo posible en su cultivo y nada en su mejora. Si algún capital se acumula en las manos de un granjero francés, la taille equivale casi a una prohibición de invertirlo en la tierra. Además, se supone que este impuesto deshonra a cualquiera que sea sometido al mismo, lo degrada no sólo por debajo del nivel de un caballero sino incluso del de un villano; y lo deben pagar todos los que arrienden tierras de otros. Ningún caballero, ni siquiera un villano con capital se expondrá a esa degradación. En consecuencia, el impuesto no sólo impide que el capital que se acumula gracias a la tierra sea invertido en su mejora, sino que además aleja de ella a todos los demás capitales. Los antiguos diezmos y decimoquintos, tan corrientes antaño en Inglaterra, fueron tributos de igual naturaleza que la taille, en la medida en que afectaban a la tierra.


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