La riqueza de las naciones

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De ahí que los príncipes que peores relaciones mantenían con sus señores feudales hayan sido los más generosos en las concesiones de esa clase que otorgaron a sus burgos. El rey Juan de Inglaterra, por ejemplo, fue un extremadamente munificente benefactor de sus ciudades. Felipe I de Francia perdió toda autoridad sobre sus nobles. Hacia el final de su reinado su hijo Luis, llamado después Luis el Gordo, consultó según refiere el padre Daniel a los obispos de los dominios reales sobre cuáles serían los medios más adecuados para poner coto a las tropelías de los grandes señores. El consejo que le dieron se dividió en dos propuestas. Una fue el establecimiento de un nuevo orden jurídico, mediante el nombramiento de magistrados y ayuntamientos en todas las ciudades importantes de sus dominios. La otra fue la formación de una milicia, para que los habitantes de esas ciudades, bajo el mando de sus propios magistrados, acudiesen cuando fuese necesario en ayuda del monarca. De esa época data, según los historiadores franceses, la institución de los magistrados y ayuntamientos urbanos en Francia. La mayor parte de las villas francas de Alemania recibieron sus primeras cartas de privilegios durante los desgraciados reinados de los príncipes de la casa de Suabia, y entonces empezó a tener un poder formidable la famosa Liga Hanseática.



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