La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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Para comprender esto es preciso recordar que en aquel entonces prácticamente ningún soberano de Europa era capaz de proteger en todo el ámbito de sus dominios a la parte más débil de sus súbditos contra la tiranía de los grandes señores. Aquellos a quienes la ley no podía amparar, y que no eran lo suficientemente fuertes como para defenderse por sí solos, se veían forzados o bien a solicitar la protección de algún gran señor, y a convertirse en sus esclavos o vasallos para conseguirla, o bien a agruparse en una liga de defensa mutua para la protección general de todos. Los habitantes de las ciudades y burgos, considerados individualmente, carecían del poder para defenderse, pero si se integraban con sus vecinos en una liga de defensa mutua, entonces podían ofrecer una resistencia nada desdeñable. Los señores despreciaban a los ciudadanos o burgueses, a los que contemplaban no sólo como miembros de una clase distinta sino como un grupo de esclavos emancipados, casi como seres de una especie diferente de la suya. La riqueza de los burgueses siempre provocaba su envidia e indignación, y los saqueaban cada vez que podían sin piedad ni remordimiento. Naturalmente, los ciudadanos odiaban y temían a los señores. Y el rey también los odiaba y temía, pero aunque quizás podía despreciar a los burgueses, no tenía motivos ni para odiarlos ni para temerlos. Por lo tanto, el interés común dispuso a los ciudadanos a apoyar al rey, y a éste a apoyarlos a ellos contra los señores. Los burgueses eran los enemigos de sus enemigos, y el interés del rey era darles tanta seguridad e independencia frente a esos enemigos como fuese posible. Al permitirles nombrar sus propios magistrados, dictar ordenanzas para su propio gobierno, construir murallas para su propia defensa y someter a los ciudadanos a una suerte de disciplina militar, el rey hizo todo lo que estaba en su mano para otorgar a las ciudades los medios de seguridad e independencia frente a los señores feudales. Sin la organización de un gobierno estable de ese tipo, sin la autoridad para obligar a los habitantes a actuar según un plan o sistema determinado, no habría sido posible una liga voluntaria de defensa mutua que les suministrara seguridad permanente alguna o que les permitiese brindar al rey un apoyo apreciable. Al otorgarles el arrendamiento de su propia ciudad a cambio de un tanto alzado eliminó de la mente de aquellos a quienes deseaba tener como amigos, y acaso podría decirse como aliados, todo fundamento de recelo o sospecha de que los iba a oprimir en el futuro, sea elevando la renta que debía pagar la ciudad, sea entregando el arrendamiento a algún otro.


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