La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones El poder de los antiguos barones se basaba en la autoridad que en ese estado de cosas necesariamente ejercían los grandes propietarios sobre sus arrendatarios y sirvientes. Forzosamente acabaron siendo jueces de paz y jefes en la guerra de todos los que vivían en sus tierras. Eran capaces de mantener el orden y hacer cumplir la ley en sus dominios porque cada uno de ellos podía dirigir la fuerza de todos los habitantes contra las faltas de uno solo. Ninguna otra persona poseía autoridad suficiente para hacerlo; en especial, no la poseía el rey. En aquellos tiempos lejanos, el rey era apenas algo más que el mayor de los terratenientes, al que los demás propietarios guardaban una cierta consideración en aras de la defensa común frente a sus enemigos comunes. Si el rey hubiese intentado por su cuenta y riesgo, y contando sólo con su autoridad, obligar al pago de una pequeña suma en las tierras de un gran propietario, donde todos los habitantes estaban armados y acostumbrados a defenderse mutuamente, le habría costado el mismo esfuerzo que extinguir una guerra civil. En consecuencia, estaba forzado a dejar a la administración de justicia en la mayor parte del país en manos de los que podían administrarla; y por la misma razón a dejar el mando de la milicia campesina en manos de aquellos a quienes la milicia obedecía.