La riqueza de las naciones

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Ni siquiera un arrendatario a voluntad, que paga el valor íntegro de la tierra, es absolutamente dependiente del terrateniente. Las ventajas pecuniarias que recibe el uno del otro son recíprocas y equivalentes, y ese arrendatario jamás expondrá ni su vida ni su fortuna en el servicio del propietario. Pero si tiene un contrato de larga duración, entonces es completamente independiente; y su propietario no puede esperar de él ni el más insignificante servicio más allá de lo que esté expresamente estipulado en el contrato o impuesto por las leyes corrientes y conocidas del país.

Al independizarse los arrendatarios de esta forma, y al haber sido despedidos los sirvientes, los grandes propietarios ya no fueron capaces de interrumpir la acción normal de la justicia ni de perturbar la paz del país. Vendieron su primogenitura, no por un plato de lentejas como Esaú, en un momento de hambre y necesidad, sino en el desenfreno de la abundancia, a cambio de baratijas y fruslerías propias para servir más como juguetes de niños que como objetivos serios de hombres, y se convirtieron en personas tan insignificantes como cualquier comerciante o burgués acomodado. Se estableció un gobierno normal tanto en el campo como en la ciudad, pues nadie tenía el poder suficiente como para perturbar su acción ni en un sitio ni en otro.


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