La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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Pero como este orden es contrario al curso natural de las cosas, resulta necesariamente lento e incierto. Puede compararse el lento crecimiento de aquellos países europeos cuya riqueza depende sobre todo de su comercio e industria con los rápidos avances de nuestras colonias norteamericanas, cuya riqueza se basa exclusivamente en la agricultura. Se supone que la población no se duplica en Europa en menos de quinientos años, pero en varias de nuestras colonias de América del Norte lo ha hecho en veinte o veinticinco años. El derecho de mayorazgo y diversas vinculaciones impiden la división de las grandes fincas en Europa, lo que impide la multiplicación de pequeños propietarios. Pero un pequeño propietario, que conoce cada palmo de su reducido territorio, que lo contempla con el afecto que naturalmente inspira la propiedad, especialmente la pequeña propiedad, y que por eso disfruta no sólo al cultivarlo sino también al adornarlo, es por regla general el emprendedor más esforzado, el más inteligente y el que tiene más éxito. Además, las mismas reglamentaciones excluyen a tanta tierra del mercado que siempre hay más capitales para comprar que tierra para vender, con lo cual la que se vende lo hace siempre a un precio de monopolio. La renta nunca cubre el interés del dinero con el que se la adquiere, y resulta por añadidura cargada con reparaciones y otros pagos ocasionales a los que no está expuesto el interés del dinero. En toda Europa la compra de tierra es una inversión muy poco rentable para un capital modesto. Es verdad que algunas veces cuando un hombre de moderada fortuna se retira puede escoger invertir su pequeño capital en la tierra, en busca de una mayor seguridad. También un profesional, cuyos ingresos provengan de otra fuente, disfruta a menudo al conservar sus ahorros de esa manera. Pero un hombre joven que en lugar de dedicarse al comercio o a otra profesión invierta un capital de dos o tres mil libras en la compra y cultivo de un pequeño predio, aunque puede confiar en vivir feliz e independiente, debe despedirse para siempre de toda esperanza de alcanzar una gran fortuna o celebridad, algo que si emplease su capital de otra forma tendría las mismas posibilidades de conseguir que cualquier otra persona. Esa persona, además, si no puede aspirar a convertirse en propietario, a menudo desdeñará el ser un granjero. En consecuencia, la minúscula cantidad de tierra disponible en el mercado y su elevado precio impiden que se inviertan en su cultivo y mejora un gran número de capitales que lo habrían hecho en otras circunstancias. En América del Norte, por el contrario, un capital de cincuenta o sesenta libras es con frecuencia suficiente para poner en marcha una plantación. La compra y roturación de tierras incultas es allí la inversión más rentable de los capitales pequeños y grandes, y el camino más seguro hacia la riqueza y la fama que se pueden alcanzar en ese país. En realidad la tierra en Norteamérica se puede comprar prácticamente gratis, o a un precio muy por debajo del valor de su producción natural; esto es inconcebible en Europa y en cualquier país donde toda la tierra lleve mucho tiempo siendo propiedad privada. Pero si las fincas rústicas fuesen a la muerte de cualquier propietario con una familia numerosa divididas por partes iguales entre los hijos, lo normal sería que la finca fuese vendida: llegaría tanta tierra al mercado que ya no podría venderse a un precio de monopolio. La renta neta de la tierra se acercaría al interés del dinero invertido en su adquisición, y un capital reducido podría ser invertido en la compra de tierras con la misma rentabilidad que en cualquier otra cosa.


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