La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones En cualquier caso, esos argumentos convencieron a la gente hacia la que fueron dirigidos. Los comerciantes los dirigieron a los parlamentos, a los consejos de los prÃncipes, a los nobles y caballeros. Fueron argumentos lanzados por quienes supuestamente entendÃan el comercio hacia quienes sabÃan que de eso no sabÃan nada. La experiencia demostraba a los nobles y a los caballeros, tanto como a los mercaderes, que el comercio exterior enriquecÃa al paÃs; pero ninguno sabÃa cómo o de qué manera. Lo que los comerciantes sabÃan perfectamente era cómo los enriquecÃa a ellos. Era su oficio saberlo. Pero conocer de qué manera enriquecÃa al paÃs caÃa fuera de su competencia. No consideraban nunca la cuestión, salvo cuando solicitaban alguna modificación en las leyes relativas al comercio exterior. Entonces resultaba necesario decir alguna cosa sobre los efectos benéficos del comercio exterior y sobre la manera en que esos efectos eran obstaculizados por la legislación vigente. A las personas que debÃan decidir sobre las medidas a adoptar, el argumento de que el comercio exterior traÃa dinero al paÃs, y que las leyes en cuestión impedÃan que entrase tanto como entrarÃa en otro caso, les parecÃa plenamente satisfactorio. Y el argumento producÃa el resultado deseado. …La atención de los gobiernos se desplazó de la vigilancia contra la exportación de oro y plata a la vigilancia de la balanza comercial, única causa que podÃa aumentar o disminuir esos metales. De una preocupación estéril se pasó a otra mucho más intrincada y embarazosa, pero igualmente estéril. El tÃtulo del libro de Mun, La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior, se convirtió en la máxima fundamental de la economÃa polÃtica… El comercio interior o local, que es el más importante de todos, el comercio que con un mismo capital genera el mayor ingreso y crea el máximo empleo para la población del paÃs, fue considerado como mero subsidiario del comercio exterior. …