La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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Si todas las naciones practicasen el sistema liberal de la exportación e importación sin trabas, los diferentes estados en los que se divide un gran continente se parecerían a las provincias de un vasto imperio. Así como en las provincias de un imperio la razón y la experiencia demuestran que el comercio interior libre es no sólo el mejor paliativo de la escasez sino el preventivo más eficaz contra el hambre, otro tanto sucedería con la libertad de exportar e importar entre los diversos estados de un continente. Cuando más grande fuese el continente y más sencilla su comunicación interior por tierra y por agua, menos estaría cualquier parte del mismo expuesta a cualquiera de esas calamidades, porque la escasez de cualquier país podría ser aliviada por la abundancia de otro. Sin embargo, muy pocos países han adoptado plenamente ese sistema liberal. En casi todas partes el comercio de cereales está más o menos restringido, y en muchos países está encorsetado por reglamentaciones tan absurdas que frecuentemente agravan la desgracia inevitable de una escasez y la transforman en la terrible catástrofe del hambre. La demanda de cereales en esos países puede a menudo volverse tan cuantiosa y tan urgente que un pequeño estado vecino que también sufra escasez no se aventurará a abastecerlos sin exponerse él mismo a una calamidad igualmente tremenda. La mala política de un país puede así volver en cierto grado imprudente o arriesgado el establecer en otro país una política buena. Sin embargo, la libertad ilimitada de exportación sería mucho menos peligrosa en estados extensos: como los cultivos son mucho mayores, su oferta rara vez se vería muy afectada por la exportación de cualquier cantidad de cereales. En un cantón suizo o en alguno de los pequeños estados de Italia puede que algunas veces resulte necesario el restringir la exportación de granos, pero casi nunca lo será en países grandes como Francia o Inglaterra. Además, el impedir que el granjero envíe sus bienes en todo momento al mejor mercado es evidentemente sacrificar las leyes normales de la justicia a una idea de utilidad pública, a una especie de razón de estado; y esto es un acto de autoridad legislativa que sólo puede ejercerse, que sólo puede perdonarse en casos de la más urgente necesidad. El precio al que se prohíba la exportación de cereales, si es que alguna vez ha de prohibirse, debería ser siempre un precio muy elevado.


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