La riqueza de las naciones

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Cuando se aproximaba la caída del Imperio Romano, los aliados de Roma que habían soportado el peso principal de la defensa del estado y la extensión del imperio exigieron todos los privilegios de los ciudadanos romanos. Cuando les fueron negados estalló la guerra civil. En el transcurso de esa guerra Roma confirió esos privilegios a la mayor parte de ellos, de a uno y a medida en que se fueron separando de la confederación general. El Parlamento de Gran Bretaña insiste en gravar a las colonias y éstas se niegan a ser gravadas por un parlamento en donde no están representadas. Si a medida que cada colonia se separase de la confederación general Gran Bretaña aceptase un número de representantes suyos en proporción a lo que contribuyesen a las arcas públicas del imperio, como resultado de ser gravadas con los mismos impuestos, y en compensación les permitiese el mismo libre comercio que el de sus conciudadanos en la madre patria, y si el número de sus representantes pudiese aumentar en proporción a su contribución, entonces se presentaría a los dirigentes de cada colonia un nuevo método de adquirir importancia, una nueva y más deslumbrante meta para sus ambiciones. En vez de disputas triviales por los minúsculos premios que pueden salir en lo que cabría denominar la modesta lotería del partidismo colonial, ahora podrían confiar —según la natural presunción de los hombres en sus habilidades y su fortuna— en obtener algunos de los suculentos premios que en ocasiones salen del bombo de la gran lotería estatal de la política británica. Salvo que se encuentre algún medio como este o algún otro —y no parece haber ninguno más obvio que éste— para preservar la importancia y gratificar la ambición de los dirigentes de América, no es muy probable que alguna vez se sometan voluntariamente a nosotros; y deberíamos tener en cuenta que cada gota de la sangre que debe ser derramada para forzarlos a hacerlo pertenece a la sangre de quienes son nuestros conciudadanos o de quienes deseamos que lo sean. Son muy poco perspicaces quienes disfrutan pensando que en el actual estado de cosas es muy sencillo conquistar a nuestras colonias sólo mediante la fuerza. Las personas que gobiernan lo que llaman su congreso continental sienten en ellas mismas una jerarquía que acaso no sientan los súbditos más importantes en Europa. Han pasado de ser tenderos, artesanos y procuradores a ser estadistas y legisladores, y se dedican a concebir una nueva forma de administración de un vasto imperio que gustan pronosticar que se convertirá, y que en verdad es muy probable que se convierta en uno de los más poderosos y formidables que jamás haya existido en el mundo. Puede haber quizás quinientas personas participando de diversas formas en el congreso continental, y quinientas mil que actúan bajo esas quinientas: todas ellas tienen un mismo sentimiento de elevación proporcional de su importancia. Casi todos los miembros del partido gobernante en América ocupan, por el momento sólo en su fantasía, una posición superior no sólo a la que nunca han ocupado hasta hoy sino a la que nunca soñaron ocupar; y salvo que se les presente a ellos o sus líderes un nuevo objetivo para su ambición, morirán en la defensa de esa posición.


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