La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Nosotros, de este lado, tememos que la multitud de representantes americanos rompa el equilibrio de la constitución e incremente exageradamente la influencia de la corona por un lado, o la fuerza de la democracia por el otro. Pero si el número de los representantes americanos está en proporción a la tributación americana, el número de personas a administrar aumentarÃa en exactamente la misma proporción que los medios para administrarlas, y esos medios en la misma proporción que esas personas. Las partes monárquica y democrática de la constitución quedarÃan después de la unión con el mismo grado de poder relativo que antes. Las gentes del otro lado del mar temen que la distancia que las separa de la sede del gobierno las exponga a muchas opresiones. Pero sus representantes parlamentarios, que desde el primer momento serÃa numerosos, podrÃan fácilmente protegerlas ante cualquier opresión. La distancia no podrÃa atenuar mucho la dependencia entre el representante y sus electores, y aquél seguirÃa siendo consciente de que debe a la buena voluntad de éstos su escaño en el Parlamento, y todo que de allà se deriva. SerÃa su interés, en consecuencia, cultivar esa buena voluntad quejándose, con toda la autoridad de un miembro de la legislatura, ante cualquier ultraje que cualquier funcionario civil o militar pudiese perpetrar en esos remotos rincones del imperio. Además, los nativos de América podrán enorgullecerse ante la idea, bastante razonable, de que su distancia de la sede del gobierno puede no tener larga vida. El rápido desarrollo de ese paÃs en riqueza, población y adelantos ha sido tal que es posible que en el curso de poco más de un siglo el producto de los impuestos americanos exceda al de los impuestos británicos. Entonces la sede del imperio naturalmente se trasladarÃa a aquella parte del imperio que contribuye más a la defensa general y mantenimiento del conjunto.