La riqueza de las naciones

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En la antigüedad la idea de representación era desconocida. Cuando se admitía a las personas de un estado como ciudadanos de otro, no tenían otro medio de ejercer ese derecho sino era ingresando en un cuerpo para votar y deliberar junto a las personas de ese otro estado. La concesión a la mayor parte de los habitantes de Italia de los privilegios reservados a los ciudadanos romanos fue la ruina completa de la república de Roma. Dejó de ser posible distinguir entre los que eran y no eran ciudadanos romanos. Ninguna tribu podía detectar a sus propios miembros. Cualquier gentuza podía irrumpir en las asambleas del pueblo, expulsar a los verdaderos ciudadanos y decidir sobre los asuntos de la república como si ellos lo fueran. Pero aunque América enviase cincuenta o sesenta nuevos representantes al Parlamento, el portero de la Cámara de los Comunes no tendría ninguna dificultad para distinguir entre los miembros y los que no lo son. Así, aunque la constitución romana fue necesariamente arruinada por la unión de Roma con los estados aliados de Italia, no existe la más mínima probabilidad de que la constitución británica resulte dañada por una unión entre Gran Bretaña y sus colonias. Por el contrario, esa constitución sería perfeccionada por esa unión, y parece imperfecta sin ella. Para que la asamblea que delibera y decide sobre los asuntos de todas las partes del imperio sea adecuadamente informada, es evidente que debería contar con representantes de cada una de esas partes. No quiero decir que esa unión puede alcanzarse fácilmente, ni que no puedan ocurrir en su ejecución dificultades, incluso muy agudas. Pero no sé de ninguna que parezca insuperable. Las principales no surgen acaso de la naturaleza de las cosas sino de los prejuicios y opiniones de la gente a este y al otro lado del Atlántico.


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