La riqueza de las naciones

La riqueza de las naciones

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Pero después de la decadencia del poderío de Portugal ninguna nación europea ha reclamado el derecho exclusivo a navegar por los mares de la India, cuyos puertos principales están hoy abiertos a los barcos de todas las naciones europeas. Sin embargo, salvo en Portugal, y desde hace algunos años en Francia, el comercio con las Indias Orientales ha estado en todos los países de Europa en manos de una compañía exclusiva. Los monopolios de este tipo son verdaderamente establecidos contra la misma nación que los impone. La mayor parte de esa nación queda excluida de un comercio al que le convendría asignar una parte de su capital, y obligada a comprar los bienes que dicho comercio negocia a un precio superior al que podría comprar si estuviese abierto y libre a todos los ciudadanos. Desde el establecimiento de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, por ejemplo, los habitantes de Inglaterra no sólo han quedado apartados de ese comercio sino que debieron pagar en el precio de los bienes de la compañía que consumían no sólo los beneficios extraordinarios que la empresa cosechaba como consecuencia de su monopolio, sino todo el derroche extraordinario que el fraude y el abuso, inseparables del manejo de los negocios de una compañía tan grande, debieron necesariamente ocasionar. El absurdo de este segundo tipo de monopolio es, por lo tanto, todavía más manifiesto que el del primero.


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