La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Se ha alegado que ningún comerciante privado podrá tener el capital suficiente para mantener a comisionistas y a agentes en los distintos puertos de las Indias Orientales, que puedan proporcionar bienes a los barcos que ocasionalmente envíe allí; y al no poder hacerlo, la dificultad de encontrar un cargamento podrá ocasionar a menudo que esos barcos pierdan la estación del año propicia para el regreso, y el gasto de una demora tan prolongada no sólo liquidaría todo el beneficio de la empresa sino que con frecuencia dará lugar a una pérdida muy considerable. Pero este argumento, si es que prueba algo, prueba que ninguna rama del comercio puede ser desarrollada sin una compañía exclusiva, lo que es contrario a la experiencia de todas las naciones. No existe ninguna gran rama del comercio en donde el capital de un sólo negociante privado sea suficiente para poner en marcha a todas las ramas subordinadas que deben ser desarrolladas para que la principal lo haga. Pero cuando una nación está preparada para cualquier gran rama del comercio, algunos empresarios naturalmente dirigirán sus capitales hacia la rama principal y otros hacia las subordinadas; y aunque de esta forma se desarrollarían todas las ramas al tiempo, rara vez sucederá que todas serán puestas en marcha por el capital de un solo empresario privado. En consecuencia, si una nación está madura para el comercio con las Indias Orientales, una determinada porción de su capital se dividirá naturalmente entre las diversas ramas de esa actividad. Algunos comerciantes comprobarán que les conviene residir en las Indias Orientales e invertir allí sus capitales para suministrar bienes a los barcos fletados por otros comerciantes que residen en Europa. Si los asentamientos que las naciones europeas han establecido en las Indias Orientales fuesen retirados de las compañías monopólicas a las que pertenecen hoy y colocados bajo la inmediata protección de la corona, ello volvería a la residencia allí segura y sencilla, al menos para los comerciantes de las naciones a las que esos asentamientos pertenecen. Si en un momento dado esa parte del capital que en cualquier país espontáneamente tendería y se inclinaría, si se me permite la expresión, hacia el comercio con las Indias Orientales, no fuese suficiente para poner en movimiento a todas las ramas del mismo, ello demostraría que en ese momento el país no está maduro para ese comercio, y que le convendría durante algún tiempo comprar los bienes de las Indias Orientales que necesita a otras naciones europeas, aunque sea a un precio más elevado, antes que importarlos directamente de las Indias Orientales. Lo que perdería por el elevado precio de esos bienes casi nunca será igual a la pérdida que experimentaría por el desvío de una amplia fracción de su capital de otras inversiones más necesarias o más útiles o más ajustadas a sus circunstancias y su situación que el comercio directo con las Indias Orientales.