La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones La tercera de dichas causas o circunstancias es la superioridad de fortuna. La autoridad de las riquezas es siempre grande en cualquier etapa de la sociedad, pero quizás es más sobresaliente en el estadio más primitivo de la sociedad que admita desigualdades apreciables de fortuna. Si el incremento de las manadas y rebaños de un jefe tártaro puede alimentar a mil hombres, es difÃcil que él pueda emplear dicho incremento en otra cosa que no sea mantener a mil hombres. La etapa primitiva de su sociedad no le suministra manufactura alguna, ni joyas ni chucherÃas de ninguna clase, a cambio de las cuales podrÃa entregar esa parte de su producción primaria que excede a su propio consumo. Esos mil hombres que mantiene de esa forma, al depender completamente de él para su sustento, deberán obedecer sus órdenes en la guerra y someterse a su jurisdicción en la paz. Por necesidad él es su general y su juez, y su liderazgo es el efecto inevitable de la superioridad de su fortuna. En una sociedad rica y civilizada, un hombre puede poseer una fortuna mucho mayor y sin embargo no controlar ni a doce personas. Aunque el producto de su finca sea capaz de mantener, y quizás de hecho mantenga, a más de mil personas, como esas personas pagan por todo lo que obtienen de él, como él sólo entrega cosas a cambio de un equivalente, nadie se considera completamente dependiente de él, y su autoridad no se extiende más allá de un puñado de sirvientes domésticos. Pero la autoridad de la fortuna es sólida incluso en una sociedad civilizada y rica. En toda la historia de las sociedades que permitieron desigualdades considerables en las fortunas ha habido una queja constante porque dicha autoridad resultaba mayor que la de la edad o las cualidades personales. El primer estadio de la sociedad, el de los cazadores, no permite esas desigualdades. Allà la pobreza generalizada impone una igualdad universal, y la superioridad de edad o de cualidades personales es la única y endeble base para la autoridad y la subordinación. En este perÃodo de la sociedad, por tanto, hay muy poca o ninguna autoridad o subordinación. La segunda etapa de la sociedad, la de los pastores, permite muy amplias desigualdades de fortuna, y no hay otro perÃodo en el que la superioridad de fortuna adjudique tanta autoridad a quienes la poseen: Por eso en ningún otro perÃodo existe una imposición tan perfecta de autoridad y subordinación. La autoridad de un jeque árabe es muy grande; la de un kan tártaro es completamente despótica.