La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Con la excepción de esas cuatro actividades, no he podido encontrar ninguna otra en la que concurran los tres requisitos necesarios para volver razonable el establecimiento de una sociedad por acciones. La compañÃa inglesa del cobre, en Londres, la compañÃa de fundición de plomo, la compañÃa pulidora de cristales, ni siquiera pueden alegar ninguna utilidad considerable o especial en su razón social, y la consecución de sus objetivos no exige ningún gasto desproporcionado para las fortunas de numerosos ciudadanos privados. No pretendo saber si la actividad de esas compañÃas es reducible a las reglas y métodos precisos que las convertirÃan en adecuadas para la administración de una sociedad por acciones, ni si tienen motivo alguno para ufanarse por sus caudalosos beneficios. La compañÃa de buscadores de minas está en quiebra desde hace mucho tiempo. Las acciones de la CompañÃa Británica de Telas de Hilo de Edimburgo se venden hoy muy por debajo de la par, aunque en menor medida que hace algunos años. Las sociedades por acciones, fundadas con la patriótica finalidad de promover alguna industria concreta, no sólo manejan sus negocios mal, con lo que disminuyen el capital global de la sociedad, sino que en otros aspectos casi nunca fallan en hacer más mal que bien. A pesar de las más nobles intenciones, la parcialidad inevitable de sus directivos por algunas ramas de la industria, hacia las que los propietarios los orientan mal y los engañan, es un desaliento efectivo para las otras, y necesariamente perturba en mayor o menor medida la proporción natural que en otro caso se impondrÃa entre los negocios prudentes y los beneficios, y que es el mayor y más eficaz estÃmulo para la economÃa general del paÃs.