La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones El estado puede obligar a casi todo el pueblo a conocer esos elementos fundamentales de la educación estableciendo un examen obligatorio sobre ellos para ingresar en una corporación o ejercer un oficio en un pueblo o ciudad corporativa.
Un cobarde, un hombre incapaz de defenderse o de vengarse, evidentemente carece de una de las partes más fundamentales de la personalidad humana. Es tan mutilado y deforme en su mente como otro pueda serlo en su cuerpo al no tener o no poder usar sus miembros más esenciales. Es evidentemente el más desdichado y miserable de los dos, porque la felicidad y la desgracia residen siempre en la mente y dependen mucho más de que lamente esté sana o enferma, entera o mutilada, que de que lo esté el cuerpo. Incluso aunque el espíritu marcial del pueblo no fuera empleado en la defensa de la sociedad, el evitar que esa suerte de mutilación, deformidad y miseria mental que inevitablemente acarrea la cobardía se extienda por toda la sociedad bien merece la más seria atención del gobierno; y de manera análoga a como la merecería la prevención de la propagación de la lepra o cualquier otra enfermedad repugnante y odiosa, aunque no fuese mortal ni peligrosa, y aunque no se derivase de su intervención otro bien público que la prevención de una calamidad de tamaña dimensión.