La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Lo mismo puede decirse de la grosera ignorancia y estupidez que en una sociedad civilizada parecen tan frecuentemente entumecer la inteligencia de todas las clases inferiores del pueblo. Una persona que no esté en el uso de las facultades intelectuales de un ser humano es si cabe más despreciable que un cobarde y parece estar mutilada y deformada en una parte del carácter de la naturaleza humana incluso más esencial. Aunque el estado no obtuviese ventaja alguna de la educación de las clases inferiores del pueblo, igual deberÃa cuidar que no quedasen completamente sin instrucción. Ahora bien, el estado deriva una ventaja considerable de esa educación. Cuando más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición, que con frecuencia dan lugar a terribles perturbaciones entre las naciones ignorantes. Un pueblo educado e inteligente, además, siempre es más decente y ordenado que uno ignorante y estúpido. Cada persona se siente individualmente más respetable, y más susceptible de obtener el respeto de quienes son legalmente sus superiores, con lo que está más dispuesta a respetar a estos superiores. El pueblo está más preparado para investigar y es más capaz de descubrir las protestas interesadas de la facción y la sedición, y por eso está menos expuesto a dejarse arrastrar a una oposición injustificada e innecesaria frente a las medidas del gobierno. En los paÃses libres, donde la seguridad del gobierno depende considerablemente del juicio favorable que el pueblo se forme de su conducta, debe ser evidentemente de la máxima importancia el que el pueblo no la enjuicie de forma precipitada o caprichosa.