La riqueza de las naciones

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Las instituciones destinadas a la instrucción de personas de todas las edades son principalmente las que se ocupan de la educación religiosa. Esta es una clase de instrucción cuyo objetivo no es preparar a los seres humanos para ser buenos ciudadanos en este mundo sino prepararlos para un mundo distinto y mejor en una vida futura. Los maestros que enseñan la doctrina que comprende esta educación, igual que todos los maestros, pueden depender completamente para su sustento de las contribuciones voluntarias de sus auditorios o pueden obtenerlo a través de algún otro fondo que la legislación de su país les asigne, tal como una finca rústica, un diezmo o impuesto territorial, un salario determinado o estipendio. Su esfuerzo, su celo y laboriosidad serán probablemente mucho mayores en el primer caso que en el segundo. En este sentido los maestros de las nuevas religiones siempre han gozado de una considerable ventaja al atacar las creencias antiguas y establecidas, cuyos clérigos, al disfrutar reposadamente de sus beneficios, descuidan el mantener vivo el fervor de la fe y la devoción en la gran masa del pueblo; y al entregarse a la indolencia llegan a ser totalmente incapaces de acometer una reacción vigorosa en defensa de su propia posición. Los clérigos de una religión oficial y bien dotada a menudo se convierten en hombres de erudición y elegancia, que poseen todas las virtudes de los caballeros o las que atraen la estima de los caballeros; sin embargo, tienden gradualmente a perder las cualidades, buenas y malas, que les proporcionaron autoridad e influencia sobre las clases inferiores de la población, y que quizás fueron las causas originales del éxito y consolidación de su religión. Tales clérigos, al ser atacados por un grupo de iluminados populares y audaces, aunque sean estúpidos e ignorantes, se sienten absolutamente indefensos, igual que las indolentes, afeminadas y bien comidas naciones del sur de Asia cuando fueron invadidas por los activos, curtidos y hambrientos tártaros del norte. Ante una emergencia de ese tipo un clero en tales condiciones no tiene habitualmente otra alternativa que acudir al magistrado civil para que persiga, aniquile o expulse a sus adversarios, en tanto perturbadores de la tranquilidad pública. Así fue como la iglesia católica romana requirió al poder civil para que persiguiese a los protestantes; y la iglesia de Inglaterra para que persiguiese a los disidentes; y así lo hacen en general todas las religiones cuando han disfrutado durante uno o dos siglos de la seguridad de una institucionalización legal y se ven imposibilitadas para oponer una resistencia enérgica frente a cualquier nueva secta que pretenda atacar su doctrina o disciplina. En estas ocasiones la ventaja en cuanto a la sabiduría y la buena escritura puede a veces estar en manos de la iglesia oficial. Pero las artes de la popularidad, todas las artes de ganar prosélitos están siempre en el lado de sus adversarios. Esas artes han sido desde hace mucho tiempo desatendidas por el bien financiado clero de la religión oficial, y en la actualidad son cultivadas esencialmente por los disidentes y metodistas. …


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