La riqueza de las naciones

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En toda sociedad civilizada, en toda sociedad donde se ha afianzado completamente la jerarquía de rangos, hay siempre dos esquemas o sistemas morales distintos vigentes al mismo tiempo: uno puede ser denominado el estricto o austero, y el otro el liberal o si se prefiere el relajado. El primero es generalmente admirado y reverenciado por el pueblo llano; el segundo es habitualmente más estimado y adoptado por lo que se llama la gente distinguida. La principal diferencia entre estos dos esquemas o sistemas opuestos es el grado de desaprobación que deberían merecernos los vicios de la liviandad, los vicios que surgen de la copiosa prosperidad y del exceso de alegría y buen humor. En el sistema liberal o relajado el lujo, la profusión y hasta el regocijo desordenado, la búsqueda del placer hasta un cierto grado de intemperancia, el quebrantamiento de la castidad, al menos en uno de los dos sexos, etc., siempre que no vengan acompañados de una grosera falta de decoro y que no conduzcan a la falsedad o la injusticia, son tratados por regla general con mucha indulgencia y son con facilidad justificados o perdonados totalmente. En el sistema austero, por el contrario, esos excesos son contemplados con el máximo aborrecimiento y repugnancia. Los vicios frívolos son siempre ruinosos para el pueblo llano, y una sola semana de imprudencia y disipación a menudo basta para destruir a un pobre trabajador para siempre, y a que la desesperación lo arrastre a cometer los delitos más terribles. Las personas mejores y más sabias del pueblo llano, por ello, siempre aborrecen y detestan dichos excesos, que la experiencia les demuestra resultan inmediatamente fatales para la gente de su condición. Por el contrario, el desorden y la extravagancia de muchos años no siempre arruinarán a un hombre distinguido y la gente de esa categoría suele creer que la capacidad de permitirse un cierto grado de excesos es una de las ventajas de su fortuna, y la libertad de hacerlo sin censura o reproche es uno de los privilegios propios de su clase. En consecuencia, los miembros de su rango contemplan a dichos excesos con escasa desaprobación, y los censuran muy poco o nada en absoluto.


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