La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones Si la polÃtica nunca hubiese reclamado la ayuda de la religión, si los vencedores jamás hubiesen abrazado en la victoria los dogmas de una secta con preferencia sobre los de otra, entonces se podrÃa haber tratado a todas las religiones de forma imparcial y haber permitido a todas las personas que eligiesen el sacerdote y la religión que prefiriesen. En tal caso habrÃa habido sin duda una gran multitud de creencias religiosas. Es probable que casi todas las diferentes congregaciones hubiesen formado una pequeña secta por sà mismas, o cultivado algunos dogmas particulares. Cada predicador se habrÃa sentido en la obligación de realizar el máximo esfuerzo y de emplear todas las artes para preservar e incrementar el número de sus discÃpulos. Pero como todos los demás maestros habrÃan sentido la misma necesidad, ningún predicador o secta de predicadores habrÃa alcanzado un éxito demasiado arrollador. El celo interesado y activo de los maestros religiosos sólo puede ser peligroso y problemático cuando hay nada más que una secta socialmente tolerada, o cuando toda una gran sociedad está divida en dos o tres grandes religiones, y los predicadores de cada una actúan en concierto y bajo una disciplina y jerarquÃa regulares. Pero ese celo debe ser totalmente inocuo cuando la sociedad se divide en doscientas o trescientas o quizás en miles de minúsculas sectas, ninguna de las cuales es lo suficientemente importante como para perturbar la tranquilidad pública. Los predicadores de cada creencia, al verse rodeados por doquier por más adversarios que partidarios, se verÃan forzados a aprender ese candor y moderación que rara vez se observan en los maestros de las amplias religiones cuyos dogmas, al ser apoyados por el magistrado civil, son venerados por casi todos los habitantes de vastos reinos e imperios, y que por tanto no ven en torno suyo más que seguidores, discÃpulos y humildes admiradores. Los predicadores de cada pequeña religión, al encontrarse prácticamente aislados, estarÃan obligados a respetar a los de casi todas las demás, y las concesiones mutuas que descubrirÃan que les es conveniente y cómodo hacerse unos a otros podrán con el tiempo quizás reducir las doctrinas de la mayorÃa de ellas a esa religión racional y pura, libre de toda dosis de absurdo, impostura o fanatismo, que los hombres sabios de todas las épocas anhelaron ver establecida. Esa religión, sin embargo, es algo que la legislación nunca ha podido establecer hasta hoy y quizás nunca pueda hacerlo en paÃs alguno, porque en lo relativo a la religión la legislación positiva siempre ha sido y acaso siempre será en cierta medida influida por la superstición y fanatismo del pueblo. Este proyecto de gobierno eclesiástico, o más adecuadamente de ausencia de gobierno eclesiástico es lo que la secta llamada de los Independientes, sin duda una secta de impetuosos iluminados, pretendió fundar en Inglaterra hacia el final de la Guerra Civil. De haber sido establecida, aunque sus orÃgenes eran muy poco filosóficos, probablemente habrÃa producido actualmente la buena voluntad y la moderación más filosóficas con respecto a toda clase de principios religiosos. El proyecto arraigó en Pensilvania, y aunque allà los cuáqueros son los más numerosos, la ley en verdad no favorece a ninguna creencia sobre las demás, y se dice que allà ha generado esa templanza y moderación filosóficas. …