La riqueza de las naciones
La riqueza de las naciones El segundo de los remedios es la frecuencia y alegría de las diversiones públicas. Si el estado las estimula, es decir, si garantiza la completa libertad a todos aquellos que por su propio interés procuren sin escándalo ni indecencia entretener y divertir al público con pinturas, poesía, música, baile, con toda clase de representaciones y exhibiciones teatrales, entonces podría conseguir disipar fácilmente en la mayoría del pueblo ese humor melancólico y apagado que casi siempre es el caldo de cultivo de la superstición y el fanatismo. Las diversiones públicas siempre han sido objeto del temor y odio de todos los iluminados promotores de esos extravíos populares. La alegría y el buen humor que esas diversiones inspiran son totalmente incompatibles con el estado de ánimo más adecuado para sus objetivos y sobre el que más eficazmente pueden actuar. Las representaciones teatrales, además, al exponer frecuentemente sus estratagemas al ridículo público, y a veces hasta a la execración pública, son más aborrecidas por ellos que ninguna otra diversión.