La riqueza de las naciones

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Cuando todos los beneficios de la iglesia son iguales ninguno puede ser muy abultado, y esta mediocridad, aunque evidentemente puede ser llevada demasiado lejos, tiene efectos muy convenientes. Sólo una moral ejemplar puede dar dignidad a un hombre de pequeña fortuna. Los vicios de la frivolidad y la vanidad necesariamente lo vuelven ridículo, y además son tan ruinosos para él como para el pueblo llano. En consecuencia, se ve obligado a seguir en su conducta el sistema moral que el pueblo humilde más respeta. Consigue su estima y afecto mediante el plan de vida que su propio interés y posición le haría seguir. El pueblo llano lo ve con esa amabilidad con que habitualmente consideramos a la persona que se aproxima a nuestra condición pero que pensamos debería ocupar una mejor. La amabilidad de las gentes naturalmente suscita la suya. Llega a preocuparse de su instrucción y a vigilar que sean ayudadas y aliviadas. Ni siquiera desprecia los prejuicios de unas personas tan favorablemente dispuestas hacia él, y jamás las trata con ese aire despreciativo y arrogante tan habitual en los orgullosos dignatarios de las iglesias opulentas y bien financiadas. De ahí que el clero presbiteriano tenga quizás más influencia sobre las mentes del pueblo llano que el clero de cualquier otra religión oficial. Y por eso sólo en los países presbiterianos se asiste sin persecución a la conversión completa del pueblo, casi como un solo hombre, a la iglesia oficial.


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