Antígona
Antígona CORIFEO. ¿Por qué tenías que contarlo todo tan exacto? La reina se ha marchado sin decir palabra, ni para bien ni para mal?
MENSAJERO. También yo me he extrañado, pero me alimento en la esperanza de que, habiendo oído la triste suerte de su hijo, no haya creído digno llorar ante el pueblo: allí dentro, en su casa, mandará a las esclavas que organicen el duelo en la intimidad. No le falta juicio, no, y no hará nada mal hecho.
CORIFEO. No sé: a mí el silencio así, en demasía, me parece un exceso gravoso, tanto como el griterío en balde.
MENSAJERO Si, vamos, y, en entrando, sabremos si esconde en su animoso corazón algún resuelto designio; porque tú llevas razón: en tan silencioso reaccionar hay algo grave. Entra en palacio. Al poco, aparece Creonte con su séquito, demudado el semblante, y llevando en brazos el cadáver de su hijo.
CORIFEO. Mirad, he aquí al rey que llega con un insigne monumento en sus brazos, no debido a ceguera de otros, sino a su propia falta.
CREONTE. Ió, vosotros que véis, en un mismo linaje, asesinos y víctimas: mi obstinada razón que no razona, ¡oh errores fatales! ¡Ay, mis órdenes, que desventura! Ió, hijo mío, en tu juventud —¡prematuro destino, ay ay, ay ay!— has muerto, te has marchado, por mis desatinos, que no por los tuyos.